Pirata

Jennifer Aragón sosteniendo en sus brazos a Pirata. (Cortesía de la animalista)

Cuando se asomó al balcón, Jennifer lo vio. No era del barrio porque lo hubiese reconocido, pues ella alimentaba a los callejeros y a los que “tenían dueños”, pero vivían en la calle. Era un cachorro sano, sin lesiones aparentes, por lo que pudo vislumbrar.

A Jennifer se le estrujaba el corazón: la calle mojada y él, refugiado, titiritando. Enseguida preparó un plato de comida y una vasija con agua.
Al menos esa noche el cachorro no iba a pasar hambre. Esa noche su vida iba a cambiar…

Cuando Jennifer se acercó para darle de comer, observó que el ojo derecho del perrito estaba extremadamente inflamado, cuarteado y con sangre. ¡Era horrible e indignante! Todo indicaba que alguien le había dado un golpe con una piedra o un palo porque no presentaba otros daños ni heridas en el resto del cuerpo que señalara una pelea con algún perro. Se comió toda la comida de un bocado, y a manera de agradecimiento le movía la colita a Jennifer, dejando a un lado el terrible dolor que tenía en su ojito.

¿¡Cómo olvidar ese 1 de agosto de 2019!? Llovía. Eran las 6:30 p.m. Su cuerpecito, mojado; le temblaba más el alma que la piel por el frío. No sabía por qué llegó a ese jardín, no sabía por qué no lograba ver con claridad ni por qué le hicieron eso. —Hay un perrito acurrucado entre las plantas del jardín; lleva un par de horas allí —le dijo a Jennifer su abuela.

Jennifer buscó su celular y comenzó a hacerle fotos para publicarlo en los grupos de protección animal. Llamó a varios veterinarios, pero a esa hora todos estaban cerrados. Contactó con uno de los miembros de CeDA (Cubanos en Defensa de los Animales), Claudia Alonso, quien le sugirió que fuera a la clínica Carlos III.


Pirata recién rescatado, camino al veterinario.

Se dirigió hacia la clínica junto con Samantha, otra colaboradora de CeDA, y su novio. Al peludo lo metieron en una bolsa grande y se quedó tranquilo. Jennifer percibía la entrega de él, definitivamente demostraba que necesitaba ayuda y se dejaba ayudar. Él se recostaba a su pecho
y con su otro ojito la miraba agradecido y ni se quejaba del dolor. La chica le tapó la mitad de su cara; primero, para que no se le infestara aún
más su ojo; segundo, para que los choferes de los taxis aceptaran transportarlos; y tercero, para que las personas en la calle no hicieran comentarios despectivos ni se molestaran.

Durante más de cinco décadas el gobierno de Cuba no concientiza en torno al maltrato animal y, por ende, no realizan campañas de comunicación al respecto. En la radio, prensa y televisión hay un silencio altísimo. El nivel de ignorancia y la falta de educación en cuanto al tópico del bienestar animal son dos de los frenos y desventajas más peligrosos que presenta la sociedad cubana, y con los cuales los activistas por los derechos de
los animales lidian diariamente. Lo peor es que, en pleno 2020, no hay indicios de voluntad política sobre el asunto; al menos es lo que se percibe.

Cuando llegaron a Carlos III, el veterinario le apretó el ojo al cachorro y los chillidos se escucharon por todo el lugar. “Él sufrió y yo a la par de él” — lamenta Jennifer. El veterinario le inyectó un antinflamatorio y determinó que su ojo no tenía salvación, por lo tanto, había que realizarle una extracción ocular. Tal procedimiento no se podía hacer allí porque no tenían la anestesia para realizar esa operación. Entonces, el doctor les dijo que fueran a un veterinario particular.


Pirata anestesiado, minutos antes de su operación

Cuba carece de clínicas veterinarias, de recursos y de personal especializado. Gran parte de los médicos veterinarios trabajan en el sector privado, lo que para otros se traduce como ilegal. A veces en la balanza pesa más lo mercantil que salvar vidas y la clínica Carlos III no es la excepción.

Eran las 9: 00 p.m. cuando salieron de la instalación. La demora había sido más por la fila para entrar a la consulta que por el examen. Jennifer decidió regresar a casa y al día siguiente salir en busca de atención veterinaria de urgencia. Lo dejó en el portal de su casa. Le buscó unas cobijas y lo amarró para que no intentara escapar. Ella tenía otro perro y temía a la reacción de ambos. Además, el callejerito tenía garrapatas. “Más que estrés, era tensión sentimental” —asegura la protectora.

A primera hora del día 2 de agosto, Jennifer fue con el peludo
hasta el consultorio veterinario más cercano. Allí le recomendaron que consultara a un veterinario privado debido a que ellos tampoco podían ejecutar la operación. De nuevo se transportó y finalmente llegó
al lugar “indicado”, indicado entre comillas porque las condiciones higiénico-sanitarias no eran las idóneas, a pesar de que era una clínica privada. Jennifer estaba tan desesperada por la situación de su protegido que su único consuelo fue notar que de ese lugar salían y entraban muchas personas con sus mascotas y que los veterinarios eran educados y agradables. La muchacha tenía mucho miedo de lo que le podía pasar al cachorro si pasaba un minuto más sin que recibiera atención médica especializada.


Pirata en el postoperatorio en la casa de Jennifer.

Por suerte la operación no tuvo complicaciones y duró alrededor de 45 minutos, pero permanecieron más tiempo en ese sitio porque debían esperar a que despertara de la anestesia. Su “amanecer” era el de un pirata, sin su ojito. Jennifer estaba compungida y asustada por los cuidados postoperatorios; no tenía experiencia alguna.

Después de varias semanas en la casa de Jennifer y de ser bautizado con el nombre Pirata, el grupo CeDA, en su página de Facebook, compartió
su historia y decían que Pirata ya estaba listo para ser adoptado por una familia, pues donde se había recuperado solo era un hogar temporal.

El tiempo pasó y no aparecía adoptante. Luego, una muchacha le escribió a Jennifer para adoptarlo, pero estaba insegura. También llamó otra chica, pero tenía otros perros y no se decidía. Jennifer no quería insistir, si alguien quería verdaderamente a Pirata no podía poner “peros” y debía darle la calidad de vida que se merecía, no podía sufrir más.

No hubo un momento específico para que Jennifer se decidiera a adoptarlo. Simplemente ella asumió que Pirata se estaba adaptando a su casa, se relacionaba bien con su otro perro (Fernández) y su mamá era un poco más flexible cada día con la aceptación del peludo; anteriormente había sufrido mucho por la pérdida del primer perro de la familia y de ninguna manera quería revivirlo. “Al principio no jugaba, ni sabía jugar con la pelota. Yo le enseñé y él después se fanatizó y se comió todos los juguetes que le di”, cuenta entre risas la mamá adoptiva de Pirata.


Pirata completamente recuperado junto a su tío Fernández en la casa
de Jennifer.

A los meses, el ojito operado de Pirata comenzó a segregar como si lo tuviera infestado. Jennifer se enteró que, justamente, en esos días estaría un oftalmólogo en la Quinta de los Molinos gracias a Spanky Project 1, así que acudió al centro. El diagnóstico del especialista fue que no había quedado del todo bien de la operación, pues el anterior veterinario le dejó parte de las glándulas del ojo extraído, lo que le provocaba esa secreción. Había que quitarle esas glándulas urgentemente. Coincidió que el proyecto canadiense, que se presenta anualmente en Cuba, estaba realizando esterilizaciones masivas y gratuitas, por lo que Pirata fue sometido a dos tratamientos quirúrgicos, de los cuales salió perfectamente.

Lo cierto es que, actualmente, Pirata tiene una conexión especial con Jennifer; no se le despega ni por un instante. Se ha insertado tan bien en la familia que ya es como el sobrino de Fernández. Sí, porque Fernández es el hijo de la mamá de Jennifer y, al ser hermano peludo de Jennifer, es tío de Pirata. No obstante, el cachorro quedó con un trauma: cada vez que ve al abuelo de Jennifer con el bastón o a su mamá con la escoba, sale corriendo y ladra fuertemente.

Es indudable que Pirata fue víctima de algún “humano” que le arrebató su ojito con un garrote-vara.

Pirata y Fernández.

“Pirata fue un reto; yo nunca había pasado por una situación tan
difícil como tener una responsabilidad, y más a mi edad. Lo asumí y lo asumo; y me está preparando para otras responsabilidades mayores. También me queda otra enseñanza: a pesar de que los perros
y los gatos no son tan conscientes, es increíble cómo el sentimiento de agradecimiento puede llegar a manifestarse en ellos. Muchas personas no son capaces de sentirlo, ni de demostrarlo. Yo lo veo en cada paso de Pirata, en su forma de ser. Indudablemente los animales pueden llegar a demostrar más sentimientos que las personas. La historia de Pirata es un ejemplo de la frase que me gusta mucho: todo lo que sucede conviene… y, aunque es triste pensar de esa forma, pues él fue agredido, quizás eso lo hizo venir al jardín de mi casa, que apareciera en mi vida y que tuviera una familia que lo ama tanto. Mi Pirata tiene la mirada más linda del mundo”, expresa emocionada la heroína del peludo.

  1. Spanky Project fue creado luego de una visita a Cuba por Terry Shewchuck hace varios años. En dicho viaje alcanzó a ver la ausencia de un sistema de cuidado y atención a los animales. Con ayuda de la Oficina del Historiador de La Habana, el proyecto se centra sobre todo en realizar campañas gratuitas de esterilización.

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