El chocolate amargo de Alfred Brownell

Alfred Brownell es abogado de profesión y en 2012 recién emprendía una demanda contra Golden Veroleum Liberiam. (Goldmanprize.org)

por Ely Justiniani Pérez

La primera vez que intentaron matarlo iba en una camioneta junto al conductor, cuando hombres con machetes y cuchillos interceptaron el vehículo en la carretera: 

—¿Quién es Brownell? —preguntaron. 

—Soy yo… Yo soy Alfred Brownell —respondió.

Era octubre de 2012 y se encontraba frente a una de las contiendas más grandes de su vida. Brownell, abogado de profesión, recién emprendía una demanda contra Golden Veroleum Liberiam (GVL), una importante empresa agroindustrial con sede en Singapur, que había firmado un acuerdo con el gobierno de Liberia para arrendar durante 65 años unas 207 636 ha de tierras forestales para el desarrollo de operaciones de aceite de palma. El pacto con GVL no solo violaba la legislación para proteger las tierras forestales y los derechos de las comunidades indígenas, redactada por el propio Brownell junto a otros compañeros, sino que también despojaron bosques comunitarios sin previo aviso y sin compensación a las poblaciones del lugar, quienes vieron destruirse sus tierras de cultivo, lugares sagrados y reservas de agua potable.

De ese día en que lo acorralaron en el camino logró escapar, mas el hecho representaba una advertencia de que sus enemigos no andaban con bromas, pero también él iba en serio: “No era una aventura emprendida para fallar. Era demasiado grande para fallar: estaban intentando transformar a Liberia en un desierto de aceite de palma; tenía que actuar” —dijo años más tarde mientras relataba su historia.

Para detener la deforestación de las tierras ese año, Alfred denunció a GVL ante la Mesa Redonda sobre Aceite de Palma Sostenible (Roundtable on Sustainable Palm Oil, RSPO), organismo de certificación global del producto, y más tarde fundó la primera organización no gubernamental de derecho ambiental de Liberia, llamada Green Advocates International. En su empeño comenzó a trabajar con las comunidades indígenas, quienes eran, a criterio suyo, las únicas capaces de combatir la desertificación y el avance del cambio climático. “He convivido los últimos 15 años con gente indígena, y muchos de ellos tienen más experiencia, son más creativos, creen en la tierra y son capaces de crear modelos de negocios y empresas que coexisten con la naturaleza”, declaró hace poco en una entrevista en la que pedía respaldo para estas comunidades.

El joven liberiano se volvió realmente incómodo para ciertas transnacionales. Su lucha captó gran atención mediática y trascendió las fronteras de África, tornándose en debate mundial la insostenibilidad de la producción de aceite de palma y los daños que le hace a las comunidades de esos territorios y al ecosistema. De su denuncia se derivaron diversas acusaciones alrededor del planeta: a productores de champú, jabón, margarina y otros que utilizan aceite de palma, casi siempre cultivado de manera insostenible. Entre las que más retumbaron estuvo la campaña emprendida contra distintos productores de chocolate y bollería, entre ellos Ferrero, la industria fabricante de la reconocida Nutella.

“Entonces muchos se pusieron en nuestra contra —narra Brownell—; estábamos atacando uno de los alimentos favoritos de muchas personas. La gente adora la Nutella, ama el chocolate, lo usan para endulzar sus desayunos o consentir a sus hijos. Algunos nos llamaron extremistas y nos acusaron de querer llamar la atención, pero por suerte fueron más los que se pusieron de nuestro lado”.

Organizaciones como Green Peace y otras ONG en favor de la protección ambiental se dieron la tarea de demostrar cómo la demanda de aceite de palma ha destruido el hábitat de especies como chimpancés, orangutanes, pangolines de árboles, hipopótamos pigmeos y la mayor población de elefantes del África Occidental. En muchos de estos cultivos, además, se utiliza trabajo infantil, y las condiciones laborales son inseguras. Se organizaron grandes estrategias para reducir la compra de la Nutella y otros productos que contuvieran este aceite, que sigue siendo hoy en día el aceite vegetal más consumido en el mundo.

En medio de aquel alboroto, en 2015, Brownell debió tragar en seco lo que aconteció. No se trataba de un sorbo dulce de Nutella, sino de un chocolate bien amargo: se había emitido una orden de captura contra él, y opositores de su proyecto habían atacado su casa y a su familia. Se vio, entonces, obligado a huir de forma trágica del país y exiliarse en Estados Unidos, donde vive actualmente e imparte clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Northeastern.

Tres años después, en 2018, por fin su demanda resultó victoriosa: salvaba de este modo más de 2000 km2 de tierras habitadas por distintas especies y comunidades indígenas. Las operaciones de Golden Veroleum Liberiam fueron detenidas en este país, y Alfred Brownell se convirtió en merecedor, al año siguiente, del Premio Ambiental Goldman, considerado también como el Nobel Verde. 

Aunque su triunfo no fue del todo placentero, pues vive hace seis años lejos de su país, al que no sabe cuándo podrá regresar, continúa apoyando proyectos por la sostenibilidad ambiental en Liberia. En un contexto donde más de 500 protectores ambientalistas han sido asesinados desde el 2017 hasta la fecha, Brownell sobrevivió y, además, logró sus objetivos. Hoy su labor se reconoce alrededor del mundo y muchos saben la respuesta de la pregunta que una vez hicieron aquellos que intentaban matarle: ¿Quién es Brownel?

—Ese es Alfred Brownell, el hombre que salvó el pulmón de África Occidental.

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