Matar o morir: la cruel esclavitud de los “perros de pelea”


Pandora apareció amarrada
a una reja de Zoonosis por el mes de noviembre. (Fotos Sergio Boris/ Internet)

A Mona, perdóname

por Thalía Alonso

La sinfonía del horror es, a veces, la nana de muchos. Eso pasa en un cuadrilátero especial. Cerca de las 4 a. m., en una zona apartada de la Isla, el peor de los espectáculos empieza a gestarse. Hombres y mujeres acuden a ver cómo, entre filosos dientes, acaba una vida y comienza una oportunidad. Tal vez sea la pelea de perros el único ámbito en que, el ganador, solo se labra más sufrimiento. 

Alberto se vanagloria en ser uno de los grandes de este “negocio”. Asentado en la barriada de El Fanguito capitalino, su casa está llena de jaulas donde “se cuidan perros”. Su manera de velar por estos animalitos es particular: él solo les inculca violencia y se enorgullece de prepararlos para matar.

“Yo los entreno; mientras más pequeños mejor. Al buen peleador lo primero que se le crea es la furia, incluso hacia las personas. Cuando son bien chiquitos me encargo de que estén aislados, así se convierten en fieras para la gente, pues se acostumbran solo a las personas de la casa. En cuanto cogen los cuatro meses comienza lo duro”, explica.

La educación de la que habla no tiene nada que ver con los trucos que tanta gracia nos hacen. Él se refiere a golpizas, noches a la intemperie, jornadas enteras sin comer para que se mantenga en el peso deseado y una carga de agresividad sustanciosa.

“Cuando se pacta la pelea el trabajo se vuelve más difícil. La dieta habitual se combina con vitaminas, hormonas y esteroides; además de eso, mucho trabajo físico para fortalecer, sobre todo, los músculos de las patas”. 

Sus perros acompañan una bicicleta durante kilómetros, muerden neumáticos de carros o tiran de los de tractor amarrados por cadenas, saltan bien alto para alcanzar bolsas de nylon; convirtiéndose así en máquinas asesinas y dejando a un lado su capacidad de dar amor, de hacer compañía.

Duele la frialdad con que habla del tema: “De mi casa han salido campeones como Chocolate, Kira y Solo”. Todos ellos están muertos. Ninguno recibió antes de morir la caricia de alguien, o se emocionó con la sonrisa de un niño. No se escuchó de ellos un ladrido de felicidad, no pudieron lamer hasta el cansancio el rostro de su dueño. Aun sabiendo esto, él no para de sonreír.

Cada uno de estos enfrentamientos es a muerte, salvo que se trate de una “charanguita”; en ese caso intervienen, generalmente, los cachorros y, aunque la pelea es igual de desgarradora, se busca que el animal adquiera experiencia. Al tratarse de una pelea formal, en la que se apuesta hasta cientos de miles de pesos, el perro deberá asesinar al contrario en el menor tiempo posible, o lograr que “se huya”; en ese caso tampoco es segura la continuidad de la vida de ninguno de los dos. El ganador puede morir, ya sea por una mordida del contrario o por una mala combinación de medicamentos aplicados después del combate; el derrotado, si no muere en el cuadrilátero, lo hace a manos de sus dueños como venganza.

Una caza que se ha enfriado

Las peleas de perros son una práctica antigua y tristemente normalizada por buena parte de la población cubana. Rottweilers, stanfords y pitbull son las grandes víctimas de la insensibilidad, condenados por su fortaleza física y aparente agresividad.

Las razas de perros empleadas para pelear se reproducen de manera planeada, cruzándose las madres, cuya fama debe ser notable en ese ramo, con los padres asesinos. Luego, las crías son vendidas por no menos de 50 cuc. 

Este entramado de abuso animal es un secreto a voces en nuestra sociedad, sin embargo, las autoridades no están del todo volcadas en la prevención y el castigo severo de tales ilegalidades. Así, puntos específicos de la Autopista Nacional y zonas boscosas se mantienen como casones asiduos donde se desarrolla tan bochornoso espectáculo. 

Alain es lo que se denomina “un perrero nuevo”. Al preguntarle por experiencias de individuos procesados por este delito, sostiene: “en muy pocas ocasiones, cuando se descubre una pelea se debe a un chivatazo si la policía llega directo”. De acuerdo a su testimonio, no se tiene un seguimiento con las personas reincidentes ni se verifica que los dueños de razas susceptibles no las estén empleando para estos fines.

“Los problemas pueden venir si llevas a un animal con mordidas evidentes a algún centro de veterinaria estatal, pues en esos casos se debe dar información detallada a los doctores y estos llaman a la policía para verificar la historia; no obstante, no conozco ningún incidente de este tipo. De todas formas, quienes se dedican al negocio saben cómo cuidar después de una pelea para no llegar hasta el especialista”.

Según el código penal, se aplican cargos de decomiso, multas o actas de advertencia a los implicados, a la vez que se cuestiona la procedencia de los instrumentos y lugares de pelea; todo esto orientado a castigar la actividad clandestina, enfocándose en la apuesta como delito principal. No se habla de violencia animal o maltrato, ni se observa como infracción de valor la barbarie a la que son sometidos los animales. 

Desgraciadamente, el simple decomiso de una suma no es suficiente para evitar la reincidencia, puesto que los abusadores se autodefinen como ludópatas o enfermos. “La adrenalina de estar allí, alentando a tu perro, compartiendo con los consortes, no la cambio por nada. Te tiras en el piso, vociferas y cada mordida la sufres o la disfrutas tanto… No he podido quitarme por mucho que quiera”, declara El Mario, quien lleva más de 20 años asistiendo a estos “espectáculos”.

Se movía a duras penas. Estaba en pésimas condiciones.

Pandora, una caja de traumas a cuatro patas

Pandora apareció amarrada a una reja de Zoonosis por el mes de noviembre. Debido a que la institución se había comprometido con los animalistas del país a detener los sacrificios, un trabajador la soltó. A partir de ahí empezó su deambular por los alrededores.

“Se movía a duras penas. Estaba en pésimas condiciones, no tenía color en las encías, se tambaleaba al andar, tenía garrapatas. La dejamos en una jaula de la institución y fuimos a buscarla al día siguiente. Conseguimos para ella un hogar de tránsito, pero finalmente se quedó allí”, explica Sergio, uno de los jóvenes que la rescató.

Aunque ha cambiado mucho, las peleas no se han ido de la mente de esta stanford. Aunque ahora es más sociable, hace ejercicios y recibe caricias, sigue teniendo mucho recelo para con los hombres y odia a muerte a cualquier semejante. 

“Es muy agresiva con los demás perros, tanto, que un día entró en su espacio una cachorrita del refugio y la despedazó en segundos. Fue un episodio bastante traumático, incluso para ella, pues se alteró mucho. Los ojos se le inyectaron de sangre y estuvo varias horas mordiéndola sin que pudiéramos hacer nada para quitarle el cadáver. Luego de eso tomamos mayores precauciones con ella, comenzamos a sacarla más de paseo, a procurar que gastara mucha energía y conseguimos una entrenadora para ella. Sin embargo, el episodio se repitió con otros dos ejemplares de la casa a los que, gracias a Dios, solo dañó”, nos cuenta el cuidador. 

El especialista en Medicina Veterinaria Ramón Lesmes cree en la reinserción de este ejemplar, aunque reconoce que no es tarea fácil. “Los perros de pelea no existen, en su lugar están animales robustos, físicamente imponentes, a los cuales se les inculca violencia desde los primeros meses. Los canes serán, como los niños, un espejo de sus dueños y responderán en dependencia de cómo se les trate”. 

Sus nuevos dueños se encargan de que gaste suficiente energía para disminuir la violencia que le ha quedado como trauma, debido a los maltratos recibidos cuando peleaba.

“Pandora podrá, eventualmente, encontrar un hogar. Para ello, lo más importante será encontrar personas dispuestas a dedicarle tiempo, darle amor y hacerla sentir en confianza. Paulatinamente se podrán insertar otros perros en su ambiente, llegará, incluso, a convivir con ellos, pero esto solo bajo la supervisión de un especialista”, añade.

Encontrar una familia responsable para ella resultaba complicado. Algunos candidatos tenían miedo por su procedencia; otros, evidentemente, querían devolverla al suplicio. Para su tranquilidad, Patricia y su madre, quienes la cuidan desde su rescate, parecen haberse enamorado. Han hecho de ella una criatura feliz, cada vez más sociable y la han retirado de la adopción. Juntas luchan para que no vuelva a las peleas, esa caja de muchos males que acaba con miles de su tipo cada día.

Pandora, en su nuevo hogar, recibe los cuidados de los que antes carecía. 

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