Santuarios de animales en África: crónicas de un continente herido

(Fotos cortesía del entrevistado)

por Ely Justiniani Pérez

¿A dónde va un animal herido, el que no pudo huir de la trampa que le apresa la pierna, o el que se cansó de escapar de algún cazador furtivo? ¿Qué debe hacer el que yace casi muerto sin su cuerno, ignorado por un verdugo al que le importa más el dinero en su bolsillo izquierdo que la sangre en su mano derecha, o viceversa? ¿Cuál será el destino de quien, luego de una vida de esclavitud, enfrenta el rechazo de domadores de circo a los que ya le parece demasiado viejo? ¿Quién los ayudará? ¿Quién se ocupará de ellos?

El hombre cada día se vuelve más cruel con los animales; destruye y mata a velocidad industrial, acaba con el hábitat de miles de especies y, en el acto, reduce sus posibilidades de vida. Por suerte, aunque a menor escala, existen personas que intentan revertir los daños ocasionados por aquellos humanos a los que les sobra vanidad y les falta decoro. También, para proteger a los animales “hay hombres que llevan dentro el decoro de muchos hombres”.

Rafy Algarin es un joven bueno. Lo conocí en su primer viaje a Cuba, cuando además de descubrir nuestras playas y mojitos, se interesó por saber cómo tratábamos a nuestras especies y cómo se preparaban nuestros veterinarios al respecto. También él es veterinario, y por aquellos días había concluido recientemente una de las experiencias más alucinantes que cualquier amante de la fauna pueda tener: trabajar como voluntario en un santuario animal en África.

Durante dos semanas, este joven puertorriqueño participó en un programa llamado SA WorldVets, especializado en la conservación de especies exóticas en la provincia de Limpopo, Sudáfrica. Dicho proyecto, creado en 2012, ofrece a veterinarios, biólogos, estudiantes y animalistas la oportunidad de conocer y trabajar de cerca con la vida silvestre, a través de una red de cursos presenciales, prácticas, visitas a comunidades y reservas animales, y voluntariados en espacios destinados a la preservación.

Moholoholo alberga decenas de especies endémicas sudafricanas y ha logrado incorporar con éxito casi 200 animales a su hábitat.

“La práctica se basa fundamentalmente en rescatar animales heridos y con necesidades veterinarias. Estos son atendidos en el menor tiempo posible para luego ser liberados en su entorno natural, aunque desgraciadamente algunos no tienen esta suerte y una pequeña parte debe permanecer en cautiverio, en lugares especializados como Moholoholo, que es un centro de rehabilitación de vida silvestre” —comenta Rafy en nuestra última conversación.

Moholoholo es, en otras palabras, lo que se conoce como un santuario animal: “son instalaciones que rescatan y acogen animales cuyas probabilidades de sobrevivir en la naturaleza son muy escasas”. Según Algarin, “este centro ha descubierto que los animales silvestres, luego de estar cierto tiempo en cautiverio para recibir los tratamientos, de alguna manera ‘borran su chip de sobrevivencia’ y, aunque no se convierten en animales domésticos —fáciles de manejar por el hombre—, pierden sus habilidades para sobrevivir en la selva, y al poco tiempo de ser liberados son encontrados sin vida, por lo que este espacio se encarga de cuidar a aquellos que ya no podrán volver a sus condiciones normales”.

Algunos de los animales que encuentran refugio en este sitio son los leopardos, elefantes, jirafas, grandes simios, búfalos, antílopes, gacelas y varias aves. “Se reciben, por ejemplo, animales que son confiscados por las autoridades por ser identificados como especies ilegales, animales exóticos que son abandonados por sus dueños, animales retirados de circos, o animales que ya los zoológicos no desean exhibir porque están enfermos o han envejecido” —cuenta el joven. 

Una gran parte de los santuarios opta por recrear lo mejor posible los ecosistemas en que viven las especies, así se les evita un estrés innecesario.

Estos últimos casos son bastante frecuentes. Según informes de Born Free (Nacido Libre), organización en contra del cautiverio animal, existen más de 3.5 millones de animales en zoológicos alrededor del mundo, y cada año son rescatados al menos 400 por abandono o cierre de estas instituciones. Advierten que una gran parte de los animales son vendidos o “renovados” al llegar a su vejez, ya que los visitantes esperan ver ejemplares activos y no unos mayores y cansados. Asimismo, estos espacios incentivan la reproducción, para obtener más crías que luego pueden comercializar o remplazar por aquellos que ya no desean.

Rafy apunta que tanto santuarios como zoológicos mantienen animales en cautiverio, pero entre ellos se establece una notable diferencia: los santuarios albergan animales rescatados, “que no tienen otra opción”, mientras que los animales de zoológicos son adquiridos de una manera muy distinta: son comprados y pueden ser vendidos comercialmente, e incluso pueden ser capturados en su ambiente natural para su explotación. Son, básicamente, mercancía. “Cabe señalar que en ambos casos los animales son exhibidos al público general, pero usualmente los zoológicos lo hacen con fines de lucro, mientras que los santuarios simplemente recaudan dinero para mantener sus operaciones vigentes. Estos últimos, además, impiden en su mayoría la reproducción de los animales, para así evitar que nazcan crías en cautiverio y reservar capacidades para otros que puedan necesitarlo”. 

África necesita más santuarios, más espacios donde el animal sea lo principal y no un elemento secundario puesto en función del hombre. No es casual que se convoque a voluntariados y que hagan falta todas las manos posibles en Moholoholo y en otros sitios que se encargan del bienestar animal. Según un informe respaldado por las Naciones Unidas, la caza furtiva, el contrabando de animales y la desaparición del hábitat de determinadas especies han crecido a escala tal que podrían ocasionar la extinción de la mitad de los mamíferos y aves de todo este continente antes de 2100.

Como parte de algunos proyectos investigativos se coloca un collar con GPS a algunos animales.

Algarin relata con pesar el estado en que llegan algunos animales víctimas de la caza furtiva: “Casi siempre vienen malheridos. El equipo está muy comprometido con prevenir la caza desmedida y maliciosa. A los rinocerontes, por ejemplo, los sedamos, se les amputa el cuerno —que es la razón principal por la cual los cazan—, se someten a rehabilitación y luego se devuelven a su entorno natural. Es triste tener que hacerlo, pero es una de las pocas soluciones para mantenerlos a salvo, ya que la mayoría de las veces los furtivos les disparan e inmovilizan con brutalidad y muy pocos logran sobrevivir. Si ven que no tienen cuerno, los dejan tranquilos”.

Estos paquidermos son el blanco principal de los contrabandistas de la zona. El ascenso del precio de sus cuernos en el mercado negro ha hecho que los cazadores no solo los acechen más, sino que también perfeccionen sus técnicas para atraparlos: “Las mafias usan armamento pesado, helicópteros, lentes de visión nocturna. Han tejido incluso una red corrupta de policías que les permiten sacar rápido el material de la nación” —destaca un artículo del periódico español El País.

Un cuerno de aproximadamente 10 kg puede costar alrededor de un millón de euros en países asiáticos como China y Vietnam. Allí se considera un producto de lujo y se le adjudican propiedades como la curación del cáncer y el aumento del vigor sexual. El ascenso de la demanda de este producto ha traído como consecuencia que, en Sudáfrica, donde vive el 80 % de esta especie, se reporten alrededor de mil muertes de rinocerontes al año. Según informes del diario mexicano La Vanguardia, “los furtivos matan más rinocerontes de los que nacen anualmente”.

También los elefantes sufren frecuentes ataques debido al comercio clandestino del marfil; los felinos, por sus pieles; jirafas, simios y aves exóticas cada vez son pagadas a precios más altos por coleccionistas. En las últimas dos décadas las especies mencionadas anteriormente sufrieron un descenso en su población de entre un 40 y 80 %. 

Algunas prácticas y voluntariados de proyectos como SA WorldVets consisten en asistir a los animales domésticos y al ganado de comunidades pobres, para quienes es difícil costear atención veterinaria.

Rafy cuenta que otra de las funciones importantes de los santuarios y proyectos como SA WorldVets es el estudio del hábitat y las características propias de cada animal para contribuir a una mejor preservación de las especies libres y crear condiciones más favorables para las que se mantienen en cautiverio. “Parte de nuestro trabajo en la medicina veterinaria es el de sedar a los animales para colocarles un collar con GPS que ayuda a compilar información, para que los científicos tomen la data o las muestras que necesitan para sus proyectos” —me comenta mientras hablamos de una de sus fotos, en la que asistía a un león.

De estudios como estos se ha derivado, en los últimos años, información sobre el preocupante desplazamiento de animales desde sus entornos habituales hacia otros, donde muchas veces les es difícil adaptarse. Los desplazamientos son casi siempre provocados por la contaminación, las matanzas y cacerías a las manadas, el cambio climático, la desforestación y sobrexplotación de los recursos naturales, así como por el crecimiento demográfico que lleva al hombre a urbanizar lugares antes ocupados por las especies salvajes, ocasionando la destrucción de su hábitat. 

De acuerdo a un informe emitido por la Organización de Naciones Unidas, en cuya redacción participaron casi 600 expertos, el territorio que se ha degradado en África debido a la salinización, erosión o contaminación en general es de unos 500 000 km2 —para que tengan idea—, una superficie similar a cinco veces Cuba.

África parece gobernada por el diablo. Entre hambre, miseria y enfermedades, la situación de la flora y la fauna es solo un reflejo más de cómo triunfa el dinero sobre la vida. El capital detrás del contrabando en África es en su mayoría extranjero o de nacionales ricos, sin embargo, quienes localizan, persiguen y trasladan a los animales son los propios locales pobres que, manipulados por la penuria, la falta de educación y la necesidad imperante, han dejado a su paso un número de animales muertos similar al de una guerra grande. Y, aunque por fortuna, o a golpes, cada vez se va tomando mayor conciencia, e incluso se gana en estrategias gubernamentales para proteger la biodiversidad, ya algunos aseguran que hemos llegado a un punto de no retorno.

Mi amigo relata su experiencia en Sudáfrica con emoción, pero no logra esconder su tristeza por las causas que llevan a los animales para santuarios como el suyo, pues, si bien es un avance que existan sitios que los protejan de la maldad del hombre, constituye una derrota el hecho de que los animales los necesiten, que deban acudir para salvarse a sitios que son, al fin y al cabo, una respuesta ante el maltrato animal y el reflejo de un continente en pena. Esperemos que no sea muy tarde para sanar y que seamos capaces de detener pronto la hemorragia. En tanto, África sigue sangrando, como sangran sus animales heridos.

El león es uno de los felinos más afectados por el desplazamiento y la urbanización de las áreas selváticas. Al construirse en los terrenos donde solían vivir y cazar, suelen atacar al ganado de las poblacio-nes para alimentarse, por lo que frecuentemente son envenenados o resultan heridos por los pobladores.

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