Sobre el maltrato animal y la violencia social y familiar

La variable del maltrato hacia los animales es un elemento clave tanto para definir el trastorno de conducta en los niños. (Pixabay)

“Cualquiera que esté acostumbrado a menospreciar la vida de cualquier ser viviente está en peligro de menospreciar también la vida humana”. Albert Schweitzer, premio Nobel de la Paz en 1952

por Javier Larrea

El maltrato animal es, a la vez, un factor que predispone a la violencia social y, al mismo tiempo, una consecuencia de la misma. Forma parte de la cascada de la violencia que nos va alcanzando a todos como individuos y como sociedad. 

Los primeros estudios dedicados a la interacción del maltrato animal con la comisión de conductas violentas datan de 1961, aunque el desarrollo científico del tema se logra con una propuesta valiosa de la Asociación Veterinaria Española de Pequeños Animales (Avepa), en el año 2006. Como parte de las actividades se organizó la jornada titulada Maltrato animal como predictor de violencia doméstica, con la que se pretendía acercar esta problemática a los profesionales del sector y a la población en general. 

Aunque la literatura especializada, fundamentalmente anglosajona, lleva ya unas décadas reivindicando las relaciones múltiples entre el maltrato animal, la violencia doméstica y la violencia de género, lo cierto es que en Cuba sigue siendo una relación que genera una cierta extrañeza. Parece que es un vínculo que, al menos inicialmente, no se comprende ni se aprecia de forma intuitiva. Se trata de algo que no sorprende demasiado en nuestro país, dada la todavía escasa sensibilidad que muestra una parte de la población hacia la cuestión del bienestar animal, o a la vista de la contradicción moral con que otra parte de la ciudadanía valora ese mismo bienestar en función del animal al que nos referimos. 

Capacés resume los argumentos de la relación del maltrato animal con la violencia doméstica: “Cuando hablamos de violencia doméstica siempre incluimos a las mujeres como víctimas, y relegamos a los ancianos y niños que la sufren en la misma medida en los hogares violentos. Pero los grandes olvidados son los animales que viven en esos hogares”1

Ha quedado demostrado que más del 50 % de los hogares tienen a su cargo algún animal, sea doméstico, destinado a trabajo o producción y la mayoría han sufrido los embates y agresiones de los victimarios. Estas conductas no solo quedan en el plano intrafamiliar, sino que se extienden al contexto social, causando repercusión en la población que la enfrenta. Cuando la crueldad animal sucede en conexión con casos de violencia intrafamiliar, es más probable que la violencia sea ejercida por hombres. La misma sociedad patriarcal que ha venido otorgando un mayor poder a los hombres sobre las mujeres, niños y animales es la clave para entender las raíces de la violencia familiar. 

La práctica de acciones violentas es un proceso paulatino que en la mayoría de los casos va en aumento. En relación a la violencia intrafamiliar se observan patrones conductuales que utilizan diferentes métodos para conseguir determinados propósitos, logrando el fenómeno de causa y efecto. Como regla general estas prácticas son semejantes, aunque pueden variar en dependencia de las características del sujeto. El primer paso es la conducta ofensiva, en este aspecto el maltratador comienza levantando la voz, gritando y profiriendo agresiones verbales que buscan atemorizar y cortar la libertad de sus víctimas, sea la mujer, los hijos o de aquellas personas a las que va dirigida la acción.

Luego de vencida esta barrera y alentado por la sumisión o falta de oposición a su actitud, el segundo paso es golpear, tirar cosas al suelo y romperlas, adoptando una posición de agresión indirecta hacia las personas y directa hacia bienes inanimados. Con esta actitud busca el efecto de mantener y profundizar el temor, vergüenza y el silencio. 

El siguiente movimiento es golpear al animal de compañía, para demostrar su superioridad y crear un estado afectivo de miedo sobre el resto del grupo familiar. Como asegura Capacés: “Cuando este individuo, que todavía no ha tocado a nadie, golpea o da una patada al animal o le aparta, se socializa con la violencia. El siguiente paso es golpear a las personas”2

También este autor apunta: “(…) es como si hubiera pasado una barrera y, una vez maltratado el animal, existen menos inhibiciones para hacerlo con los seres humanos, haciendo más probable los actos de crueldad hacia los otros miembros de la familia”3. Este maltrato se hace principalmente para poder ejercer el poder y el dominio sobre la víctima a través del chantaje. Según estudios realizados por Avepa, el 94 % de las mujeres victimizadas que tienen animales de compañía aseguran que no dejaban sus hogares por no dejar a sus mascotas con un maltratador. 

En ocasiones, si la mujer escapa del hogar, el sujeto violento utiliza represalias con los animales con el fin de forzar su regreso o castigarla por haberse ido. El que el animal permanezca en casa es un factor que hace que se prolongue más la estancia de la mujer en el hogar, aumentando los riesgos de maltrato4. Otros autores, como Núria Querol Viñas, médico del Hospital Universitario Mutua de Terrassa y directora de su Programa de Atención a Mujeres Maltratadas y Animales de Compañía, también se unen a este criterio afirmando: “un maltratador que es capaz de matar a su mascota a sangre fría, es un indicador de letalidad, es decir, nos está diciendo que ese individuo es capaz de un grado de violencia que va más allá del maltrato sicológico”5.

Con respecto a este tema, es importante destacar el criterio de Laura de Santiago, máster en Criminalística y Psicología Forense: “Esta habitualidad de la agresividad puede llegar a causar un efecto de ʽtoleranciaʼ en quien la vive. Pero esta manifestación agresiva no solo se limita a los animales, sino que el maltrato animal es un factor que predispone a la violencia social y, al mismo tiempo, una consecuencia de ella”. Más allá de elecciones personales, el hombre se inscribe en redes sociales en las que se generan prácticas de violencia, que son constituyentes de sus vínculos, contratos y enlaces subjetivos. Las condiciones socioeconómicas y culturales no influyen de manera directa sobre cada individuo sino a través de sus relaciones grupales y de las particularidades sociopsicológicas de los grupos a los que se integran a lo largo de sus vidas. 

La conducta de los individuos es fruto del ambiente cultural y social. Para los sujetos la relación con los demás es determinante, permitiendo el aprendizaje de las conductas que se desarrollan en este contexto y su proyección psicológica, pudiendo ser más o menos evolucionadas. 

La variable del maltrato hacia los animales es un elemento clave tanto para definir el trastorno de conducta en los niños, como para alertar acerca de la potencialidad de peligro hacia una personalidad antisocial en su crecimiento. No obstante, la gravedad de este hallazgo no se compadece con la respuesta de la sociedad. Ello se explica por la prevalencia de un modelo de pensamiento antropocentrista-depredador que justifica socialmente los actos de crueldad hacia los animales.

__________

  • Texto extraído de la tesis de di- ploma «El maltrato animal. Una norma pendiente del Derecho Penal cubano», escrita por Lázara Ivomne Dueñas González y discutida en el curso 2014- 2015, en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas.
  • 1.  Capacés Sala, José F.: «Maltrato animal como predictor de violencia doméstica», Revista Profesiones, no. 149, mayo-junio, 2014.
  • 2. Alonso, I.: «José Capacés: La íntima relación entre maltrato animal y violencia doméstica», Revista de Información Veterinaria, no. 04, 2011.
  • 3. Capacés Sala, José F.: «Maltrato a los animales y violencia doméstica», Adda, junio, 2006.
  • 4. Ídem.
  • 5. Ídem.
  • 6. Santiago Fernández, Laura: «El maltrato animal desde un punto de vista criminológico», Derecho y Cambio Social, no. 33, 2013.

 

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