Violencia invisible. El maltrato animal en la niñez como factor criminógeno

Tomada de Infobae

Por Nathalie de la C. Miret González
Lic. en Derecho
Profesora Instructora Adjunta de Derecho Penal y Criminología Facultad de Derecho de la UH

“Es la misma sensación si estrangulas un animal o una persona. Ya has sentido la presión en el cuello mientras intentan respirar. Estás estrujándoles la vida a esos animales y no hay mucha diferencia. Lucharán por sus vidas igual que lo hará un ser humano. Llega un momento en que matar ya no significa nada. Ya no me interesaban los animales y empecé a buscar víctimas humanas. Lo hice. Maté y maté hasta que me pillaron. Ahora pago por ello por el resto de mi vida. Deberíamos parar la crueldad antes de que se transforme en un problema mayor, como yo”.

A pesar de parecer extraídas del mayor bestseller de la literatura policiaca, estas palabras gozan de una realidad tan palpable como inquietante; fueron escritas desde la prisión del estado de Oregón por el depredador sexual y asesino en serie Keith Hunter Jesperson. Este testimonio, unido al de muchos otros, ha sido tomado como evidencia de la conexión entre la violencia hacia los animales y los humanos y su impacto en la determinación del comportamiento criminal de determinados sujetos, y constituye, a su vez, uno de los factores criminógenos que, con mayor facilidad, tiende a subestimarse, pues no todos los sociólogos y criminólogos le conceden la requerida importancia, no llegan a comprender que existe objeto de estudio para estas ciencias en el abuso físico o psicológico hacia otras especies.

Si bien se pueden encontrar en la historia de la civilización determinadas posturas referentes al tema, las investigaciones al respecto han tenido lugar en época tan reciente como el siglo pasado, hace apenas 60 años, con conclusiones de diversos estudios de que existe una relación de grado entre la crueldad hacia los animales y la violencia hacia los humanos, y alcanzan mayor interés ante el temor de su extensión hacia otras víctimas.
En relación con este asunto, se ha determinado por psiquiatras y sociólogos que tal tipo de comportamiento tiene mayor impacto en la formación de la personalidad durante la infancia, estadio en el que es mucho más fácil de identificar y prevenir, y se le reconoce como una forma específica de violencia, determinante de un comportamiento agresivo y antisocial que puede contribuir al conocimiento de las causas y la prevención de la delincuencia juvenil.

Al referirse a este tema, Álvarez (2016), en el número 26 de la Revista Ciencias de la Educación, considera que se trata de una circunstancia social que continúa siendo ignorada muchas veces, reforzado su planteamiento por el hecho de que incluso no llega a ser reconocida como una forma de violencia por la OMS. En su informe mundial sobre la violencia y la salud, en 2002, señala: “la violencia comunitaria y la juvenil suelen ser muy visibles y devienen en delitos. En cambio, la violencia intrafamiliar (por ejemplo, el maltrato de menores y ancianos o el comportamiento violento en la pareja) en muchas ocasiones se oculta detrás del derecho a la vida privada”.
Al respecto, es de reconocer que no todas las víctimas de la violencia son visibilizadas, ya que quedan ocultas tras patrones culturales propios de disímiles formas de dominación social, incluyendo no solo a los ancianos o niños, sino también a los animales, quienes resultan ser los grandes olvidados en esta situación.

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En opinión de Capaces (2014), en su artículo “Maltrato animal como predictor de violencia doméstica”, ha quedado demostrado que en más del 50 % de los hogares se incluye algún animal de compañía y, en un gran porcentaje de ellos, estos han sufrido agresiones y maltratos, conductas que trascienden el plano intrafamiliar y repercuten en el medio social. En la mayoría de los casos, este comportamiento se debió a un interés del padre agresor por inculcar disciplina al hijo, sin embargo, aprendieron los niños que los animales pueden ser maltratados e, incluso, que la conducta agresiva hacia los humanos es permisible.

Si bien Lockwood afirma que no todo individuo que haya maltratado a animales acabará siendo un asesino en serie, sí se ha demostrado que casi todos los asesinos en serie cometieron actos de crueldad hacia los animales. La violencia es una espiral que se incrementa y acelera, en la misma medida en que sus primeras víctimas, generalmente los más vulnerables, son desapercibidas.
El motivo principal de ello es que en los procesos de socialización primarios es descuidada la perspectiva del amor a los animales, lo que conlleva, junto a otras circunstancias, a que desde la infancia se pongan de manifiesto una serie de comportamientos socialmente reprochables que, por ser ignorados incluso en las primeras instancias de control social, como la familia y la escuela, repercuten en el desarrollo cognitivo del niño y se forja una personalidad violenta, que deriva en manifestaciones de mayor gravedad social y jurídica, pasando por episodios de violencia doméstica y culminando en hechos delictivos de diversa índole, tanto en la juventud como en la adultez.

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La violencia es concebida como una relación social de conflicto, a la que se le reconocen múltiples expresiones, que discurren desde lo físico, psicológico, simbólico, sexual, entre otras, y pueden ser percibidas en escenarios de comunidades, a lo interno del seno familiar y el entorno social en general. En el campo de la Criminología, su reconocimiento influye en la búsqueda de la raíz de determinados aspectos subjetivos —tanto inmediatos como predecesores de la conducta ilícita—, en delincuentes o víctimas, que permitieran explicar su comportamiento, antes o después de haber ejecutado o sufrido el acto delictivo, de modo que el análisis tiene como epicentro la conducta humana y su relación con los factores que la desencadenan.
Como fenómeno multifacético, la violencia ocurre desde una relación de poder que hace posible a un sujeto o grupo ejercerla sobre su víctima, afectando su desarrollo y calidad de vida, tanto en los ámbitos físico y psicológico como social. Es expresión de agresividad, ya sea manifiesta o encubierta, experimentada de manera negativa.

En cualquier caso, la violencia no es un hecho casual, sino el resultado de una construcción social que, teniendo en cuenta las llamadas escaladas de violencia, puede ser entendida como un camino que perfila una personalidad agresiva. Entre la edad de inicio de la conducta agresiva y su severidad durante la adultez existe un estrecho vínculo, por lo que, en opinión de Francisco de la Peña (2003), la probabilidad de que un joven presente un comportamiento de este tipo, o incluso un trastorno antisocial de la personalidad en la vida adulta, es el doble si el problema comenzó en la infancia.


En relación a la violencia hacia los animales, ha sido definida por Ascione (1993), en la sexta entrega de la revista Anthrozoos, como el comportamiento socialmente inaceptable que de manera intencional causa dolor o sufrimiento innecesario o incluso la muerte a un animal. La principal falla de este concepto, aceptado por la mayoría de la doctrina y por el cual es referenciada esta tipología de comportamiento, radica en excluir otros actos que ponen en riesgo el bienestar animal, tales como la ganadería intensiva, las corridas de toros, la caza legalizada, la cría de animales para obtener y utilizar sus pieles, entre otros; los que en algunas poblaciones tienen una mayor aceptación social. Por ello, se comparte la opinión de que esta definición debería incluir todos aquellos actos que tengan el mismo efecto ya mencionado sobre los animales y considerar, además, los actos de maltrato por negligencia, sobre todo cuando existe la intención de causar daño. A su vez, el maltrato animal es tanto un factor que predispone a la violencia social, como una consecuencia de la misma.

Por su parte, ha sido considerada por algunos autores, en su máxima expresión, como crueldad, cuando se trata de una respuesta emocional de indiferencia o la obtención de placer en el sufrimiento de otras especies, considerándose en mayor medida como un signo clínico relacionado a desórdenes antisociales y de conducta, que derivan en actos de naturaleza criminal (Lockwood, R. and Ascione, 1998).

Es por ello que, si bien es aún un tema que requiere de una mayor sistematicidad y profundidad en sus estudios, así como una generalizada toma de conciencia en la sociedad, ha llegado a comprenderse que una persona que abusa de un animal no siente empatía hacia otros seres vivos, y el riesgo de generar violencia hacia otras personas es mayor. En este sentido, ha servido de ilustración el pensamiento de Santo Tomas de Aquino, quien expresaba que, siendo crueles hacia los animales, uno se acaba volviendo cruel hacia lo seres humanos. Por su parte, la antropóloga Margaret Mead (1964) afirma que este comportamiento es un claro síntoma de personalidad violenta y si no es diagnosticado a tiempo puede conducir a una “larga carrera de violencia episódica y asesinato”.

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Estados Unidos es pionero en realizar investigaciones relacionadas con este asunto, constituye un elemento importante de su agenda para combatir la criminalidad violenta. En diversos estudios llevados a cabo en poblaciones de criminales y prisiones de máxima seguridad, fueron entrevistados convictos agresivos, moderadamente agresivos y no agresivos, además de personal no criminal, y se determinó que la mayoría de ellos había participado como mínimo en un acto de crueldad hacia los animales, durante la infancia y juventud, con una prevalencia de los criminales violentos, cinco o seis veces más que los moderados o no agresivos, mientras que los no criminales no habían participado en ninguno. Quienes habían estado en esta situación, también habían comenzado a cometer delitos en edades tempranas.
Esto implica que el inicio y la frecuencia de los actos de crueldad hacia los animales pueden haber recibido la influencia directa del entorno social y familiar primario de los ulteriores perpetradores. En este sentido, la hipótesis probable es que estas personas sufrieron un proceso de pérdida de sensibilización en la infancia, convirtiéndolos en personas más proclives a cometer otros actos criminales.

En una publicación de Beirne (2016), titulada “¿Hay progresión desde el abuso de los animales hasta la violencia interhumana?”, el autor expresa que juega un papel determinante el proceso de socialización del niño, explicando que los jóvenes violentos, en muchas ocasiones, imitan la violencia que ejercen sus padres sobre otros miembros del grupo familiar. En este elemento coincide Brantley, agente del FBI, quien manifiesta que los niños que durante la infancia maltratan animales pueden estar sufriendo abusos por sus progenitores o alguna otra persona, por lo que la conducta violenta sucede por un desplazamiento de ella en forma de venganza, dirigida hacia otra víctima más vulnerable.

Como bien resume Álvarez (2016), la variable del maltrato hacia los animales es un elemento clave a tener en cuenta para definir el trastorno de conducta en los niños, pues alerta acerca de una potencial personalidad antisocial en crecimiento. No obstante, la sociedad en general no es consciente de este fenómeno, justificando en su pensamiento antropocentrista-depredador estos actos que jamás ocuparán las primeras páginas de un periódico o los titulares de un boletín de noticias.
En la doctrina nacional no existe una abundancia de estudios sobre el tema, pues el pensamiento criminológico se enfoca en otros factores delincuenciales de mayor percepción social. En el marco legislativo es también constatable la ausencia de normas que hagan un reconocimiento expreso a esta problemática. La preocupación por este asunto en la Criminología cubana es incipiente. En el contexto de la proliferación del maltrato animal, un elemento cotidiano en la sociedad actual, la repercusión ha sido suficiente para incentivar la cultura de la violencia y el desprecio por seres que sufren y padecen de forma semejante a los humanos.

Si bien no se registran en Cuba los índices de delitos violentos de otros países, son igualmente necesarios estudios más profundos sobre este fenómeno, que permitan identificar las implicaciones del maltrato animal como factor criminógeno, así como las características de los perpetradores y las circunstancias que rodean al acto, sobre todo en la niñez. Interrogantes tales como las condiciones asociadas con el aprendizaje y ejecución de actos violentos y su influencia en los niños y jóvenes reclaman hoy la mayor atención.

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