El niño que domó el viento

Khamba, la mascota y mejor amigo de William murió durante la crisis de 2002, lo que inspiró al niño a buscar una solución y salvar a la familia de un destino similar (Imagen de la película basada en su vida).

Por Ely Justiniani Pérez

En Malawi hay dos caminos claros hacia la felicidad: nacer rico o no nacer. La primera es una suerte que no toca a muchos, por tanto, la gran mayoría de los que abren sus ojos allí están condenados a una vida de penas.

Más del 65 % de la población sobrevive bajo el umbral de la pobreza, aproximadamente el 70 % de las muertes son causadas por el VIH y otras enfermedades contagiosas; cerca de 400 000 niños menores de 15 años son huérfanos y al menos 6,5 millones de personas enfrentan el hambre crónica. La situación no es nueva: el país tiene un virus incurable, una necesidad ancestral que se ha impregnado en los huesos de cientos de generaciones desafortunadas.

Cuando William Kamkwamba nació, en 1987, hacía tiempo que Malawi se encontraba entre las naciones más pobres del mundo. Apenas diez conocidos de su niñez habían salido de Masitala, su aldea, pocos de los adultos cercanos poseían un título escolar y ninguno de los habitantes del pueblo había visto el mar. Hijos tras padres tenían por meta principal la única y ardua tarea de poner un plato diario en la mesa de su familia. Nadie esperaba para William un futuro diferente. Nadie imaginaba que se convertiría, pocos años después, en el niño que domó el viento.

El siglo XXI comenzaba con una de las temporadas más difíciles de la historia de África. Se calcula que, en el año 2000, en Malawi, cerca de 10 000 personas murieron de inanición. Primero, una racha de fuertes lluvias e inundaciones devastaron los cultivos y, meses después, una de las sequías más extensas de la década agrietó las tierras y dejó a gran parte de Malawi sin más alimento que el de sus reservas personales. La familia Kamkwamba tuvo que escoger entre dar comida a sus hijos o enviarlos a la escuela. Ya desde el colegio les reclamaban una deuda de tres meses y anunciaban que no les aceptarían un día más sin pagar.

A William le gustaba estudiar. Sabía que era una vía para recordar la existencia de otro mundo lejos de tanta miseria. Sabía, también, que era la única forma de abandonar la miseria y llegar a ese otro mundo. “No estudiar significa que serás agricultor y ellos no controlan sus propias vidas: dependen del sol, la lluvia, el precio de las semillas y los fertilizantes. El día en que fui forzado a dejar la escuela, miré a mi padre en esos campos secos y vi el resto de mi vida. Era un futuro que no podía aceptar”, narró en una entrevista a la revista brasileña Galileu.

A los 7 años el chico había aprendido a reparar algunos equipos domésticos. La mayoría eran radios, pues en Malawi por aquel entonces solo un 2 % de la población rural contaba con electricidad (actualmente, solo un 25 % de los habitantes del país). De un tiradero de autos viejos sacaba cables y piezas que podían servir, desarmaba una radio, componía otra y, con el dinero que ganaba, ayudaba a sus padres con las necesidades del hogar.

Cuando llegó la crisis William se tuvo que ir al campo con su padre, donde apenas conseguían algo para pasar el día. “Tuvimos que reducirnos a una comida diaria, una especie de pasta de maíz. Cavábamos el suelo para encontrar raíces y cáscaras de plátano, cualquier cosa para llenar el estómago” —relata.

Los adultos comenzaron a hacer turnos para comer: un día, la madre y otro, el padre. A William, que siempre guardaba una parte de su comida para su perro, le prohibieron darle alimento. La gente a su alrededor estaba muriendo, sus amigos no tenían fuerza para levantarse de sus camas. Su perro, desgraciadamente, tampoco sobrevivió a la hambruna. “Enterrarlo fue uno de los momentos más tristes, miro atrás y me arrepiento de no haber actuado antes. Quizá así lo hubiese salvado” —contó en su biografía.

El día en que su mascota murió, Kamkwamba decide dar la espalda a su destino. Sabía que en la biblioteca de la escuela encontraría respuestas y allí, de manera autodidacta, comenzó a buscar soluciones para sacar de la hambruna a los suyos. Es así como tropieza con un libro llamado Using Energy (Usando la energía), que tenía en la portada la imagen de un molino de viento.

“Leí que un molino de viento podía bombear agua y generar electricidad. Al instante asocié bombear con el riego, el riego con los cultivos y a los cultivos con comer. Tenía 14 años y hambre” —dijo un tiempo más tarde.

Desoyendo a sus padres y a todos los que lo llamaban loco, William, que entendía poco de inglés, intentaba descifrar los dibujos del libro y replicarlos con elementos que encontraba en la basura. Dos meses después y con poco más que los restos de una bicicleta y el ventilador de un tractor abandonado, el niño construyó un molino de viento que generaba energía suficiente para alimentar cuatro bombillas y dos radios.

Para armar su primer molino el niño estudió de forma autodidacta y trató de reproducir lo que veía en los libros con piezas sacadas de la basura (Imagen de la película basada en su vida).

“La gente estaba feliz cuando vio que aquello funcionaba. Comenzamos a perforar el suelo para, con la ayuda de los molinos, bombear agua corriente. Antes de que lo lográramos, no había agua potable en casi 100 km a la redonda” —relató en una entrevista realizada por The TED Blog.

Con el tiempo, el niño fue construyendo molinos más grandes para dotar de electricidad e irrigar los campos de todo el poblado. En 2003, gracias a él, las plantaciones a su alrededor eran suficientes para alimentar a la comunidad y su aldea había salido de la terrible hambruna. “Venía gente de otros lugares a comprarnos semillas y a cargar sus celulares. Increíblemente en Malawi todo el mundo tiene un móvil, porque son muy baratos, pero para cargarlos deben ir a las fábricas o industrias de la zona que cuentan con electricidad. Ellos les cobran un poco por el servicio. Conmigo era gratis”.

William Kamkwamba construyó su primer molino de viento cuando tenía 14 años.

En 2006, un periodista de paso por Masitala descubre la historia y escribe un artículo que tiene gran repercusión en todo el país y en varios blogs alrededor del mundo. Debido a esto, William es invitado al año siguiente a impartir una charla en el evento de Tecnología, Entretenimiento y Diseño (TED), que se celebró en Arusha, Tanzania.

“Era mi primera vez en un hotel, en un avión; era mi primera vez lejos de casa, frente a una computadora, delante de Internet. Cuando descubrí que existía Google, por ejemplo, y que ahí estaba todo lo que yo necesitaba saber, explicado por pasos, no pude hacer otra cosa que reírme; para construir mi molino utilicé un libro con fotografías y tardé varios meses. Todo lo que necesitaba saber estuvo escondido en Internet todo el tiempo”, contó a The TED blog.

Kamkwamba ganó una beca para estudiar en la Academia de Liderazgo Africano (ALA) en Johannesburgo, Sudáfrica, entre 2008 y 2010, y cuatro años más tarde fue aceptado por el Dartmouth Collage, en Estados Unidos, donde cursó una Licenciatura en Estudios Ambientales. Entre sus proyectos principales se encuentran la construcción de decenas de molinos de viento para distintos poblados de Malawi, el diseño de perforadoras para encontrar agua potable en comunidades con difícil acceso a este recurso y la creación de un programa de cursos que enseña a comunidades africanas a construir equipos de bajo costo para generar electricidad y utilizarla en sistemas de riego y otras acciones.

En 2019, Netflix produjo el filme The boy who hardnessed the wind, inspirada en la vida de William Kamkwamba.

Su libro autobiográfico, titulado El niño que domó el viento, ha inspirado otros documentales, reportajes y, recientemente, una película de Netflix. Kamkwamba crece y sigue haciendo historia, una que enseña la existencia de mundos desiguales dentro de un mismo planeta, donde el agua, la electricidad, la comida y todo lo que es demasiado común para unos constituye un lujo para otros que no siempre tienen los aires a su favor.

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