Martí y la protección hacia los animales


¿Qué opinaba José Martí sobre la protección de los animales? Lo veremos, en parte, en esta interesante carta publicada en el periódico La Nación, donde nuestro héroe hace el panegírico de Henry Bergh, fundador y presidente de la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales y co-fundador de la Sociedad Neoyorkina para la Prevención de la Crueldad contra los Niños.

Nueva York, 15 de marzo de 1888
Señor Director de La Nación:

Cuando, movidos a bondad por el terror, compartían los cocheros con sus caballos el brandy que reparaba sus fuerzas idas en el temporal de nieve; cuando al caer exhausto su percherón sobre la nevada, salta un carrero del pescante, le afloja los arneses, le pone por almohada la collera, lo abriga con la manta que carga para protegerse los pies, y se quita el propio sobretodo para echárselo encima al animal, que le lame la mano; cuando los gorriones, desalojados por el vendaval de los aleros, eran tratados como huéspedes favoritos en las casas, y reanimados con mimo al fuego de las chimeneas; cuando un gato chispeante, loco de frío, hallaba refugio en los brazos de un transeúnte hospitalario, — moría en Nueva York, pensando en las pobres bestias, un hombre alto y flaco, de mucho corazón y no poco saber, que pasó lo mejor de su vida pre­dicando benevolencia para con los animales. Que no se latiguease a los caballos. Que no se diese de puntapiés a los perros. Que no se ejerci­taran los niños en enfurecer a los gatos. Que no clavasen a los mur­ciélagos en las cercas, y les diesen de fumar. Que puesto que el hombre no quiere convencerse de que no necesita de carne para vivir bravo y robusto, ya que ha de matar reses, las mate bien, sin dolor, pronto. Que el que trae tortugas vivas al mercado, no las tenga tres días sin comer como las tiene, sino aunque hayan de morir después, les dé algas y agua. Si las serpientes han de alimentarse con conejos vivos, que se mueran de hambre las serpientes.
Henry Bergh no era hombre vanidoso, que quisiera, por el escabel de la virtud, subir a donde la gente lo viese y celebrase; ni pobretón disimulado, que so capa de filantropía buscara en el oficio de hacer bien, manera fácil de robustecer la bolsa; sino bonísima persona, y manchego de raza pura, que no podía ver abuso de fuerza sin oponerle el brazo. Dinero no le hacía falta porque nació rico. Por fama tampoco era, porque como su virtud no era útil a los hombres, no se veía agasa­jado sino lapidado por ellos.
Jamás se abría un diario sin encontrar una befa a este buen amigo de los animales; que en Inglaterra aprendió a servirse de la ley para amparar a los que no tienen manera de pagar a sus favorecedores, por lo que son éstos pocos siendo el favor por lo común no tanto mano tendida como mano que se tiende, para que el favorecido deje caer en ella, en presencia del mundo, como sus celebraciones y sus lágrimas. Volvió Bergh de su viaje a Inglaterra, con aquel cuerpo larguiruto a que quitaban ridiculez la ternura inefable de los ojos, y la crianza hidalga, y fundó, con poca ayuda que no fuese la propia, una “sociedad para la protección de los animales”, que pronto tuvo poder legal; tanto, que Bergh mismo fungía de fiscal asesor, y podía, por serlo, parar en las calles el látigo levantado sobre un caballo infeliz, y perseguir ante el juez al castigador. Con ciento cincuenta mil pesos en oro que le dejó el francés Luis Bonard, pudo la sociedad levantar casa suya, cuyo portal arábigo corona un caballo dorado.
Mientras más se burlaban de él, más predicaba Bergh, con tal éxito que ya apenas hay Estado de la Unión que no tenga en sus leyes las que él propuso contra el maltrato a las bestias, por cuanto el maltratarlas, sobre ser inicuo, abestia al hombre. Él perseguía cuanto en el hombre nutre la ferocidad. Mientras más sangre coma y beba, decía Bergh, más necesitará el hombre verter sangre. Los pueblos tienen hombres feroces, como el cuerpo tiene gusanos. Se han de limpiar los pueblos, como el cuerpo. Se ha de disminuir la fiera. Él ahuyentó a los peleadores de perros. El hizo multar y prender a los que concurrían a las peleas, y a los que de cerca o de lejos apostaban. El extinguió las riñas de gallos. Él acabó con los combates de ratas. Desde muy temprano salía a recorrer los lugares de la ciudad donde trabaja más el caballo, que era su animal favorecido, y con tan sincera bondad procuraba inspirarla a los carreros, que éstos llegaron a ver como amigo a aquel “caballero flaco” que salió llorando del juzgado el día en que un abogado alquilón le llenó de injurias porque pidió el favor de la ley para que un carnicero no hiciese padecer a las tortugas el horror del hambre.
Y como la bondad no anda sola, sino que es precisamente lo que en el mundo necesita más estímulo, no se contentaba Bergh con decir que debía tratarse bien a las bestias, sino que imaginaba las novedades necesarias para su buen trato, y hoy inventaba el carro donde se lleva sin sacudidas al caballo enfermo, y mañana el pescante para alzar de zanjas o cuevas al caballo desfallecido, y luego las palomas de barro, que por todas partes han sustituido ya a las vivas en el tiro de paloma. Los aficionados a la pesca le parecían gente harto fácil de entretener, y de poco más seso que los propios pescados. “No son los carreros, decía, los que me dan más quehacer, sino esos copiamodas majaderos de la Quinta Avenida, que quieren traer a este pueblo humano la bárbara caza de la zorra. Pues lo que dice la hija de la Angot es verdad, porque si habíamos de hacer nuestra independencia para imitar ahora las cacerías en que los lores antiguos se enseñaban a cazar hombres, no valía la pena de cambiar de gobierno.”
Así vivió este hombre, consolando niños, fundando para su amparo una sociedad ya rica y fuerte, haciendo bien a aquellos que no podían agradecérselo, mejorando a sus semejantes. Su benevolencia fue más loable porque vivió siempre enfermo. Los versos eran su ocupación en las horas de ocio, y deseando hallar el sentimiento donde todavía im­pera, concurría asiduamente al teatro. Escribió dramas, y se los sil­baron, sin que por eso se le agriara el alma noble contra el arte en que le fue negada la excelencia a que llegó sin esfuerzo en las más difíciles virtudes. Escribir es, en cierto modo, tarea de hembra. No se debiera escribir con letras, sino con actos.


JOSÉ MARTÍ
La Nación, Buenos Aires, publicado el 29 de abril de 1888.
Carta al director de La Nación, Nueva York, 15 de marzo de 1888

Un comentario sobre “Martí y la protección hacia los animales

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  1. Un hermoso artículo del Maestro, digno homenaje en su aniversario… Por poco conocido, no deja de ser una gran verdad que las sociedades que se precian de modernas y civilizadas deben o tienen que preocuparse del bienestar de los que ni pueden defenderse… Y erradicar de sus hombres esa tendencia a la bestialidad…

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